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Estados Unidos fue, en el
nombre de Occidente, a controlar los pozos de petróleo con base en Iraq (segundo
productor mundial), para evitar que fundamentalistas islámicos convirtieran el
petróleo en arma arrojadiza sobre las democracias. Aunque tal secreto dejó de
serlo hace ya tiempo, pocos medios de comunicación se atreven a esclarecer la
influencia del negocio petrolífero en la conflictividad bélica de hoy.
En la
web del estadounidense Nation Institute un analista político escribía: “En los
medios de comunicación, llenos de información sobre las relaciones entre el
Gobierno de Bush e Irán, casi sin excepción se habla del programa nuclear iraní
y de las negociaciones de Europa y de EEUU con Irán sobre ese asunto. Durante
varias semanas seguidas se podría leer nuestra prensa sin saber que Irán reposa
sobre un mar de petróleo y gas natural”. Del mismo modo, podemos añadir que
raras veces aluden los medios de comunicación más populares al hecho de que
nuestro mundo funciona gracias al suministro continuo y creciente de productos
petrolíferos.
Un
analista internacional tan conocido como Michael T. Klare, en octubre del pasado
año iluminaba nítidamente esta cuestión en un artículo esclarecedor titulado
“Las guerras del petróleo - La transformación de los ejércitos de EEUU en un
servicio global de protección petrolífera” “Oil Wars - Transforming the American
Military into a Global Oil-Protection Service”.
Alguna prensa especializada, como el Financial Times, exhortaba hace
poco: “El FMI advierte del peligro de un permanente shock petrolífero”, pero la
gravedad del asunto tiende a pasar inadvertida. Es muy tosco, para la habitual
hipocresía política al uso, aceptar la idea de que nuestro mundo desarrollado
depende básicamente de unos recursos que la naturaleza ha regalado, en buena
proporción, a unos países contra los que hay que ejercer la necesaria coerción,
si es preciso militar, para que nuestra economía siga activa.
El
lector puede estar seguro de que, si se produce un ataque contra Irán, se
hablará de armas de destrucción masiva, como ocurrió con Iraq, pero nunca se
revelará que el principal objetivo es el control de las grandes reservas
petrolíferas del país. Todas las guerras suelen obedecer a varios motivos, pero
siempre hay entre ellos alguno primordial, que suele enmascararse tras otros
menos impresentables. Puede que algún alto funcionario de EEUU se vaya de la
lengua en un momento dado —como también ocurrió cuando la guerra de Iraq— y
comente públicamente que no puede olvidarse que Irán descansa sobre “una esponja
empapada en gas y petróleo”, pero nunca se reconocerá de modo oficial el
principal motivo de la agresión.
Irán
es el segundo país con más reservas petrolíferas sin explotar, tras Arabia
Saudí. Respecto al gas, es uno de los pocos países que podrá ampliar mucho su
producción en el futuro, dado que ahora apenas explota sus yacimientos. Todo
esto lo hace muy apetitoso para las voraces fauces del mundo desarrollado, cada
vez más sedientas de recursos energéticos.
A eso
se une la estratégica situación del territorio iraní, desde el que se puede
poner en peligro el vital suministro de crudos procedente de muchos otros países
de la zona. Solo por el estrecho de Ormuz, donde Irán puede obstaculizar la
navegación con más facilidad que España en Gibraltar, circula el 40% de todas
las exportaciones petrolíferas del mundo. Cuando en el discurso de la Unión del
año 2002 Bush aludió al “eje del mal”, incluyó en él a Irán junto con Iraq y
Corea del Norte. La amenaza era ya evidente.
Es
posible, pues, que a amplios sectores de la ultraconservadora opinión pública de
EEUU se les haga aceptar una nueva guerra preventiva, blandiendo otra vez la
amenaza de armas nucleares en posesión de un país esencialmente “malvado”.
Algunos círculos conservadores europeos, como la FAES, también tragarán con
júbilo el engaño, como ocurrió con la invasión de Iraq. Pero el que quiera saber
de verdad lo que está ocurriendo en ese crítico Oriente Próximo que tanta
preocupación suscita no podrá ignorar que el Gobierno de EEUU maneja una
ecuación geopolítica donde el factor decisivo es el flujo mundial de la energía,
en especial los hidrocarburos. Mientras sea el petróleo la sangre que corre por
las venas del llamado progreso, asegurar su suministro será la principal
preocupación de Occidente, aunque tenga que disimularla con ropajes morales,
religiosos o políticos, o simplemente asustando una vez más a los votantes.
(*)
Escritor y analista del Centro
de investigaciones para la paz
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